Alicia y el Conejo Blanco en el umbral del tiempo
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Había una vez una niña llamada Alicia que, cansada de las lecciones aburridas y del mundo donde todo tenía una hora fija, decidió seguir a un Conejo Blanco que corría murmurando “¡Llego tarde! ¡Llego muy tarde!”.
El Conejo no la llevó por un simple agujero en la tierra. Esta vez, el camino se abrió como un arco vivo de árboles retorcidos, un portal natural que latía con el ritmo de relojes derretidos y engranajes dorados. Los relojes flotaban a su alrededor: unos marcaban las tres, otros las doce, y algunos simplemente goteaban el tiempo como si fuera cera derretida. Las cartas de la baraja danzaban en el aire, libres de cualquier orden, y los hongos brillaban con una luz azul que parecía susurrar secretos.
Alicia se detuvo en el centro de aquel umbral. Ya no era la niña que caía sin control por el agujero del conejo. Ahora estaba de pie, firme, con el vestido azul y naranja ondeando suavemente, la mano extendida como si estuviera invitando al propio tiempo a detenerse un instante. El Conejo Blanco, con su chaleco bordado y el reloj de bolsillo en la pata, la miraba de reojo. Por primera vez no parecía tan desesperado. Tal vez porque en este lugar el “tarde” y el “temprano” habían perdido todo sentido.
En el libro de Lewis Carroll, el tiempo no es una línea recta. Es un círculo roto, una taza de té que nunca se enfría, una reina que grita “¡Que le corten la cabeza!” antes de que nadie haya cometido delito alguno. El Conejo Blanco representa esa ansiedad constante por llegar a algún sitio, por cumplir con un horario que nadie entiende del todo. Alicia, en cambio, representa la curiosidad pura: esa fuerza que nos hace cruzar el umbral aunque no sepamos qué hay al otro lado.
En esta imagen, los dos están juntos en el momento exacto en que el mundo ordinario se disuelve. Los árboles forman un arco como si fueran las páginas de un libro abriéndose. Los relojes derritiéndose nos recuerdan que, una vez dentro del País de las Maravillas, el tiempo deja de ser el dueño y se convierte en un invitado más… a veces amable, a veces loco, siempre impredecible.
Alicia no pregunta “¿qué hora es?”. Simplemente está ahí, lista para dar el siguiente paso. Porque en el fondo, la verdadera aventura no comienza cuando caemos por el agujero… comienza cuando decidimos quedarnos y mirar de frente todo lo imposible.











